Registro Público

Serie de retratos editoriales de diferentes crónicas para la sección semanal Registro Público de Amelia Rueda.

Dayana Hernández

Fue una adolescente humillada y sumisa, ajena de sí misma… hasta que tomó control sobre su identidad. Hoy, Dayana Hernández es una de las líderes de la comunidad trans costarricense. “Mi nombre es mi bandera”, dice.

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José Moya

José Moya debe ser el único carnicero del Universo que tiene representante. Todo empezó en octubre anterior, cuando un video suyo se coló al ciberespacio sin su permiso. ‘Pegar porte’ lo llevó a la fama. Y la vara.

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Alvaro Escalante Montealegre

Su ruta de ascenso hasta el grado de coronel de bomberos fue tan larga e irrevocable como su nombre: Álvaro Escalante Montealegre. Tiene 81 años y sigue en servicio. Si no lo detuvo el fuego, mucho menos el calendario.

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Maga

Maga cuenta los mejores chistes y hace las mejores chalupas del oeste de San José. Todos los años dice que está a punto de morirse, pero hoy cumple 60 y no hacen falta velas: su presencia basta para que cualquier lugar se ilumine

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Germaín

Sus fans le han regalado gallinas achiotadas, queques, botellas de tequila, llaveros, ropa, tamales y hasta un lomo relleno. Edgardo Salas y Germaín son la misma persona, solo que uno vive en la sombra desde que el otro empezó a cantar

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Gerardo Ruiz Lopez

Gerardo Ruiz aprendió a tocar batería con los tarros de pintura que usaba para guardar esmaltes: así se hizo músico y así se hizo rotulista. Aunque ya se retiró de los escenarios, el público sigue reclamando sus obras. Para él, la avenida 10 no es una calle, es una galería

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Rolando Badilla

A Rolando Badilla lo conocen en su casa, pero a Toro lo conocen mucho más lejos. Él ostenta el título de Campeón Nacional de Peso Wélter, pero los fanáticos de la lucha libre profesional lo llaman El Campeón del Pueblo

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William Carvajal

El jardinero William Carvajal Angulo llevaría una vida completamente normal si no fuera porque Bilín es el masajista de Escazú: masajista del verbo sobar

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Marta y Elías

Marta Bonilla y Elías Bolaños utilizan su propiedad en San Joaquín de Flores para autoabastecerse, reinventar el folclor, desterrar el cemento e impedir las deudas. Su granja es un ejemplo de insurrección, trabajo duro y amor

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Fabián Yuan

En Costa Rica, Yuan Che-Pin se convirtió en Fabián Yuan, fotógrafo amateur y cocinero. Hoy, él y su mamá dirigen Susbida, una fonda especializada en el inconfundible casado vegetariano taiwanés

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Mabel Morvillo

Mabel Morvillo es una de nuestras mejores herencias argentinas, aunque se hizo tica para poder opinar sin que le hicieran bullying. Editora, docente y escritora, su visión de la literatura para niños es un tema para adultos
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Lupita West

 Guadalupe West nació en Río Grande, en el antiguo departamento de Zelaya, en el caribe nicaragüense. Por allá aprendió a usar las manos como una extensión del corazón, para pescar, cocinar, coser o servir.

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Moisés Bogarín

Moisés Bogarín Quesada jamás diría que la calle es su hogar, aunque duerma todas las noches en un parque capitalino. Tiene 74 años y ya no recuerda cuánto lleva viviendo a la intemperie, pero aún no se resigna a ser vencido por la caridad

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Paquita la del Barrio

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Rara avis

Crónica: María Montero

‘¿Playos?’ ‘¿Tortilleras?’ ‘¿Maricones?’ ‘¿Tractores?’ ‘¿Locas?’ ‘¿Freaks?’ Sí, todo eso y más desfiló este domingo por las calles de San José, porque sólo la valentía de la diversidad puede transformar el insulto en orgullo nacional

No había avanzado ni 300 metros sobre el Paseo Colón cuando casi muero degollada por un abanico. Mientras era socorrida por mi ‘agresora’ –una diva semidesnuda y emplumada– pensé que habría sido una forma escandalosamente cursi de morir, más digna de una guinness que de un guinness, que no es lo mismo, pero es igual.

Inmediatamente me di cuenta de que mi verdadero riesgo fue quedar tuerta más que occisa, pues el leve rasguño de la vampiresa no era letal. En todo caso, no pude ni quise quedarme a recibir los cuidados paliativos correspondientes, especialmente porque, muy en el fondo, creo que me merecía el ataque del abanico asesino.

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Lo confieso: siempre he envidiado a los travestis… tan espigados, tan femeninos, tan sin celulitis. Cada vez que los veo, me siento esbelta como una cabra enana. Y cuando no son perfectos físicamente, tienen una lengua viperina tan llena de vida y talento que nadie está a salvo ni aunque se esconda en el clóset.

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Así que, de algún modo, esa insignificante embestida me liberó aún más, y me permitió adentrarme en la Marcha de la Diversidad invadida por un sentimiento renovado de hermandad. Porque nadie NADIE me puede negar que la comunidad LGBTIetc no tiene añales de sufrir agresiones de todo tipo, además de los negros, las mujeres, los indígenas, los albinos, los enanos, los feos, los pobres, los zurdos y, más recientemente, los veganos, los celíacos y los abstemios.

Y ya que muchos de nosotros entramos en varias de esas categorías, no sería mala idea hacer otra marcha con todos los grupos mencionados… Sólo tendríamos que ponernos de acuerdo en lo que vamos a reivindicar.

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No puede considerarse una protesta aunque tampoco una fiesta, sino un híbrido de ambas, como tantas cosas en este mundo: en el ambiente reinante hay una variedad de estilos tan evidente y un mestizaje de orientaciones tan liberador –algunos incautos creerían que ‘caótico’–, que el lenguaje mismo exige adecuaciones hasta lo más profundo del adverbio… ¿Heterotrans, metrolesbianas, happythreefriends?

También hay homosexuales y lesbianas de los de toda la vida, aunque quizá sean los menos. Gente que se ha vuelto conservadora, quizá. Lo digo por el colorido y la musculatura de unos, el tacón y la barba de otras, el peso y la masa de tod@s… Observaciones que no dejan de ser superficiales, lo sé, pero por algo se empieza.

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El ambiente es divertido, pero también conmovedor. Quizá es la gente más joven, la que ni siquiera se plantea la necesidad de esconderse o diferenciarse, la que le imprime esa frescura vital a la actividad, incluso aunque el tema los derechos y de la reivindicación política quede sepultado bajo una tonelada de látex y lentejuelas. Su sola presencia es todo un discurso. ¡Y por suerte no los hubo!

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Mientras camino, también voy pensando que no sé si me gustaría una pareja del mismo sexo, aunque sí una con los mismos ‘güev…’. ¿Qué es la vida sin coraje para decidir por uno mismo acerca de uno mismo? De pronto leo un cartel que dice: ‘Orgullosamente lesbiana’. ‘Desafortunadamente heterosexual’, responde mi corazón. Una amiga que me acompaña, comenta: ‘Yo sería orgullosamente lo que fuera, siempre que tuviera sexo’. Porque ciertamente, no todos tienen la misma suerte.

Sé que las comparaciones siempre son odiosas, pero yo no dudaría un segundo en sustituir el Festival de la Luz, que es un desperdicio de luz, por un Festival de la Diversidad, que es un derroche de luz. Ahí les dejo la frase más brocha de la crónica, pero también la más sincera.

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Los 400 gritos

Texto: María Montero

El primer día de clases parece una fiesta, pero en el ejército. Con espíritu festivo y normas inflexibles, centenares de escolares resucitaron esta mañana las aulas de la escuela de Guachipelín de Escazú

Unas 300 mil veces seguidas la niña Ivannia escucha las mismas preguntas, que en la mayoría de los casos no son realmente preguntas, sino oraciones circunstanciales. “Ya me terminé el helado”. “Yo también tengo un libro en mi casa”. “No tengo lápiz”.

En el 1-1 hay 30 niños: 13 mujeres y 17 hombres, todos analfabetas.

Algunos quizá practicaron durante las vacaciones, porque su nombre es perfectamente legible en una esquina de la hoja que la maestra les dio hace un momento, para que dibujaran lo que más les gusta. La inocencia de otros raya en la ignorancia.

–Maestra, ¿lo de arriba es lo que hay que dibujar?

–Ese es tu nombre.

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 Todos tienen entre 6 y 7 años y, de alguna manera, están acostumbrados a la doctrina escolar. Prácticamente ninguno se salvó del kínder, en esas mismas instalaciones, así que –a diferencia de los alcaldes– pueden alegar incapacidad, pero no inexperiencia.“Esta primera semana es de diagnóstico”, explica la niña Ivannia. “Al final de primer grado, prácticamente todos salen leyendo, aunque no necesariamente escribiendo. Antes de escribir, aprenden a escuchar”.

A las 7 de la mañana, después de que cientos de familias protagonizaran lo más parecido a la despedida de El Titanic en los portones de la escuela, los niños del 1-1 se embarcaron en un minucioso recorrido por las instalaciones –dónde está el baño; dónde la cocina–, antes de regresar a la clase a recibir una versión abreviada del Contrato Social, de Rousseau, enmascarado en juegos y canciones.

“Yo no lo llamo ‘reglas de la clase’”, explica la niña Ivannia. “Se trata de recordar las cosas que debemos hacer aquí, cómo saludar, cómo dar las gracias, prestar atención… Es un refuerzo de los buenos modales”.

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Derek está dibujando una jirafa, pero su compañero de al lado no está interesado en la animalística africana, sino en el documental, dándole los últimos toques a un carro ponchado. Los otros dos niños de la mesa avanzan, medianamente concentrados, en la creación de un oso y un Frankenstein.

“Ellos se sientan solos”, explica la niña Ivannia. “Eligen donde sentarse porque es mi estrategia para saber cuáles son los compinches”.

En todas las mesas hay una epidemia de flora y fauna. En una misma hoja hay como doscientos millones de mariposas. En otra, dos aves, dos montañas, una bandera. En las hojas en blanco brotan nubes, árboles, helados, familias, flores, motos, casitas, paisajes, soles. Muchas familias parecen paisajes y muchos árboles parecen helados.

Conforme avanza la mañana, y a pesar de los protocolos, la creatividad toca fondo.

Es la edad en que los varones no temen dibujar flores llenas de pétalos y enormes abrazos multicolores, y en la que las niñas tampoco se intimidan, ni para celebrarlo ni para dibujar el sol más explosivo.

Después de un rato de ardua diversión, la jirafa de Derek tiene un copete de colores y en vez de rayas, bolas. El follaje del árbol de Jimena es una llamarada fucsia, lleno de fuegos energéticos, y la mamá de Rocío lleva un cono en la mano mientras luce una enagua larguísima, cubierta por un gran arcoíris.

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Un timbre lejano anuncia el segundo recreo del día. Antes de dejarlos salir, la maestra vuelve a explicar los procedimientos. Los que quieran quedarse a terminar el dibujo, pueden hacerlo. La mayoría sale. Algunos piden permiso para respirar, otros regresan a las oraciones circunstanciales.

Niña, ya fui al baño, ¿puedo salir al recreo?

Niña, ¿dónde está Jocelyn?

Niña, se me cayó un arete.

En el aula los niños son niños, pero en el patio son mayoría. La alegría con que tosen, la soltura con que arrastran los pies, la gentileza con que sudan, la ceremonia con que gritan. A los cinco minutos de recreo, todos los gafetes cuelgan del lado equivocado.

Algunos se abrazan de tres en tres, indiferentes a la dificultad, como un pequeño batallón de ebrios engominados.

Otros, simplemente no: no les da la gana socializar o no les gusta o no lo necesitan. Deambulan solos, si es que avanzan cinco metros más allá de la puerta de la clase.

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Al regreso, sobre el escritorio de la maestra se forma una pila de dibujos. Los niños vuelven a merendar, toman agua, van al baño y escuchan un cuento. Con 29 niños en un mismo grupo, cualquier asunto es un trámite burocrático. Si hay que repartir algo, hay que hacerlo 29 veces. Si hay que recoger, lo mismo.

Llega el momento de irse. Dejan el gafete en la gaveta, salen de la clase en fila y suben la silla al pupitre, indica la maestra. Los espera en la puerta y, antes de salir, les reparte una bolsita oscura. Luego rezan. Una oración de despedida, los anima. Los niños salen de uno en uno. Orden. Obediencia. Silencio. Chocolates. Amén.

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El fin de los peces de colores

Crónica por María Montero

Así fue el último día en La Cruz, Guanacaste, de los primeros 180 cubanos que, después de estar varados dos meses, salen de Costa Rica para continuar su viaje a Estados Unidos

La China no es realmente china, sino achinada. Tiene 39 años, es morenita y menuda, de modales increíblemente serenos. Una mujer muy flaca se le acerca y le dice, enseñándole un celular: “Oye, china, discúlpame un momentico, ¿tú puedes ayudarme?”

Quien suele hacer ese tipo de favores, en realidad, es su marido, ingeniero mecánico especializado en aviación, pero él no anda ahorita por ahí. Lo que la mujer quiere es instalar en el teléfono una nueva tarjeta que les ofrece Internet gratis durante medio día.

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Es muy urgente para la mujer, y La China no necesita que se lo digan, porque tanto ella como su marido, incluyendo a la mujer flaca y al resto de los 105 cubanos que están en el albergue de la Estación de Bomberos de La Cruz, en Guanacaste, tienen dos meses de estar esperando que les permitan seguir su viaje hacia Estados Unidos. Lo único que han hecho durante todo ese tiempo, es esperar.

La China coge el aparato con suavidad. Busca las aplicaciones y pulsa algunas teclas. Hecho. ¿Quién le teme a la tecnología? Sobre su colchoneta, listo para zarpar junto a sus pocas pertenencias, está el objeto más preciado de su viaje –mucho más que el pasaporte–, envuelto en papel periódico y luego en plástico: el título universitario que la acredita como ingeniera química especializada en refinación de petróleo.

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En Marianao, un municipio de La Habana, Lázaro tenía una peluquería. En el albergue del Colegio Nocturno de La Cruz, la sigue teniendo. A las 7 de la mañana, por su pupitre ya han pasado un par de amigos que, como él, necesitan acicalarse antes del viaje. Hoy se van algunos cuantos, 90 de 416.

Lázaro les recorta un poco la barba y las patillas, pero por suerte no son trabajos en los que tenga que emplearse a fondo. Para él, la espera terminó. “Ya son dos meses en el mismo albergue… Y en el mismo piso, y en el mismo colchón… Todos los días soy elegguá, el niño que abre los caminos”, dice, acordándose de algo que evidentemente no ha olvidado, ni olvidaría aunque llevara 100 años fuera de Cuba: la religión yoruba.

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Lázaro no es precisamente un infante. Tiene 34 años y viaja solo. De los 180 seleccionados para viajar a El Salvador, a él le tocó el número 126. Es muy temprano aún, ni las 8 de la mañana, pero Lázaro empieza a recibir llamadas, una tras otra. Tiene que irse, aunque su traslado hasta el avión, en el aeropuerto de Liberia es hasta las 6 de la tarde. ¿Qué tiene que hacer hoy con tanta urgencia?, preguntamos. “Despedirme de mis seres queridos”, dice.

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¡Papi, estás oliendo a yuma ya!, le grita un amigo a Duan, otro de los favorecidos con el viaje de prueba que, en principio, los llevará hasta El Salvador, y luego los hará cruzar Guatemala y, finalmente, los dejará en México.

Duan tiene miedo de dar, sin querer, cualquier información que pueda frustrar su salida. No es para menos: está sentado en la calurosa gradería del gimnasio de un colegio guanacasteco donde jamás pensó estar, ni siquiera de paso, mucho menos dos meses. Le pregunto si, durante el tramo que le falta, no teme por su seguridad. “A nosotros ya no nos preocupa la seguridad. La seguridad somos nosotros mismos, que somos dueños de lo que hacemos”, responde su amigo Alberto, que aún no tiene ficha para viajar. “Nuestro propósito es llegar a Estados Unidos”, zanja Duan. “Cómo lleguemos, eso no importa”.

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Iván tiene tres pelos en la barba, 21 años y una mujer embarazada de cuatro meses esperándolo en Nuevo México. Es sacerdote yoruba, o en ese proceso estaba cuando salió de Cuba. La pareja entró junta por Paso Canoas, el 8 de noviembre anterior, pero ahí se quedaron sin dinero, y tuvieron que separarse. Ella se adelantó. Ahora que se va, él espera alcanzarla en Las Vegas, su destino final. “Porque en Las Vegas hay más expectativa de vida, más ayuda”, explica Iván, sin esperar la pregunta. “Miami está saturada. El alcalde no quiere más cubanos allá”.

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Michel y Arnobis se conocieron en Trinidad y Tobago, un par de días antes de viajar a Venezuela, en donde rápidamente se enrolaron en la ruta Colombia-Panamá-Costa Rica. “¡Nos quedamos varados en el país más caro de Centroamérica!”, dicen, entre carcajadas que hoy, precisamente, parecen de alivio.

Michel acaba de cumplir 40 y Arnobis, 39. Se hicieron socios durante el trayecto, y ahora piensan llegar juntos a Miami. “De momento, el plan es llegar. Trabajar. Empezar en lo que sea. Lo que nos falta es trabajo. Mucho trabajo”, asegura Arnobis, curtido y de ojos verdes, originario de Matanzas, quien, hasta su último día en Cuba, trabajó en una flota pesquera.

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“Llevamos dos meses aquí, mirando los celajes”, dice Michel, con dureza. “No tener nada qué hacer es estresante. Es increíble. No sé cómo puede haber vagos en la vida”.

A Michel no le iba mal en Trinidad y Tobago. Es enfermero, fisioterapeuta, políglota. Ganaba $23 la hora en una clínica, pero estaba ilegal, una palabra que lo aterroriza. Así estuvo seis meses, arriesgándose a que lo deportaran. “¿Hasta cuándo me iba a durar la suerte?”, se pregunta.

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Estamos en un pasillo del Liceo Bilingüe de La Cruz, frente al aula número 7, donde hay una tortuga mediana metida en un balde plástico. Todos opinan que haberla encontrado fue una buena señal, y ni se diga echarse un poquito de agua de tortuga.

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Un coro se forma alrededor de los viajeros. El tema a tratar: la deportación. Todos hablan al mismo tiempo, exaltados. “Virando pa Cuba, nosotros somos terroristas. ¡Terroristas! El que salga de aquí pa’trás, no tiene vida. ¡Más nunca es persona! Frito y puesto al sol. Oye lo que te digo: Frito y puesto al sol”.

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La China extiende sus títulos con muchísima delicadeza , mientras sus dedos desenvuelven algo más grande que el simple milagro de la educación superior. Con ese papelito –por ese papelito–, La China recorrió los 2.700 kilómetros que separan a Cuba de Ecuador, y luego viajó 1.200 más, borrando la distancia que hay entre Ecuador y Costa Rica.

Hoy se va, finalmente, 66 días después de su llegada. De su albergue solo se van siete personas. No está ni a la mitad de su viaje, pero la franqueza la ayuda a resumir. “La espera es agobiante, y no es que nos traten mal, sino que cada día que pasa aquí, es un día menos que veo a mi niño… Y los coyotes tentándote alrededor. Por suerte ya no teníamos dinero como para dejarnos tentar”.

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Ella opina que la historia de los que se quedan es muy similar a la de los que se van, y por eso asegura que no creerá nada hasta que esté montada en el avión, y aún así tampoco creerá nada hasta que no despegue, y aún después, tendrá que bajarse en El Salvador para, tal vez, empezar a creer que sí, que finalmente salió de Costa Rica.

“El trabajo que uno pasa aquí es tener paciencia. Nuestra primera preocupación era que nos deportaran. Por lo demás, imagínate. Días con más depresión, días con menos. Y los ticos que no se podían portar mejor. Si les pedíamos peces de colores, nos traían peces de colores”.

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Fervor a los pies de ‘La Negrita’

Ante la Virgen de los Ángeles, los rostros de los romeros se transforman en pasión y en muchas lágrimas

Para miles de peregrinos, llegar al altar en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago, es la culminación de un trayecto de fe, en muchos casos de días y horas. Es el momento máximo de devoción, en el cual, postrados ante la imagen de ‘La Negrita’, agradecen y piden su intercesión.rome25 rome27 rome23 rome21 rome26 rome20 rome19 rome18 rome17 rome16 rome15 rome09 rome10 rome11 rome12 rome13 rome14 rome08 rome07 rome06 rome05 rome03 rome02

The Daily Grind: Resilience, With a Smile

She hasn’t walked in eight years. Her morning routine that would take most of us 20 minutes—brew coffee, feed the dog, shower, dress, apply a bit of make-up—is most often a two hour ordeal for Michelle Brown, associate publisher of a men’s fashion magazine, who was diagnosed with MS (Multiple Sclerosis) in September ‘98 and is confined to a wheelchair.

Her day starts at her home in Greenwich Ct. where she lives with her lab (and soul mate) Lucy. (Her daughters are in college and post-college; she and her husband separated two years ago.) “You have no idea how long it takes to pull on these scrunch-y boots,” she starts to explain, admitting that with a job in the fashion industry, she likes to look fashionable. “I try not to complain,” she apologizes. “Since I love to be with people (that’s why I’m in sales), I know I can’t be miserable because who wants to be around a depressed person? So I choose to be happy.”

Despite her infectious enthusiasm and ever-positive attitude, happy is not always easy. She depends on hired help to get to and from the train station, endures the crowded rush hour on MetroNorth, suffers stares and glares from commuters in Grand Central Station and boldly navigates the uneven sidewalks of Manhattan, hoping to avoid the curbs without ramps.

Her work day is often filled with indignities, large and small: colleagues complaining about petty problems, restaurants with only high tables (she obviously can’t get herself up on the bar stools), endless waits for very few wheelchair-accessible taxis, buildings with stairways and no elevators, handicap restrooms many floors down from her office.

How does she endure it without occasionally bursting into tears? “I’ve always been the responsible one; I got that from my dad. I have to pay the bills so I have to keep my job. But most of all, I’m a doer, not a thinker. I believe that, more than anything, is what saves me.”

Text by: Karen Alberg

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23 HORAS DE ENCIERRO: EL “ENLOQUECEDOR” MÓDULO F DE LA REFORMA

Locura, ansiedad, frustración, locura, locura…

El privado de libertad Alejandro Valverde Cubillo repite tres veces “locura” cuando describe sus días en cautiverio.

Este padre de cuatro niños y condenado por robo agravado es uno de los 38 reclusos del ámbito F del Centro de Atención Institucional La Reforma, conocido como “Máxima Seguridad Vieja”.

Lavar, defecar, ver tele, llorar, soñar, recordar.

Todo lo hacen desde el confinamiento de su celda. El único contacto con otros seres humanos es con los guardas penitenciarios o a través de gritos con sus vecinos de calabozo.

Allí en celdas de tres metros cuadrados los culpables de violar la ley cumplen su castigo: 23 horas de encierro, una de sol.

Declarados culpables por robo, hurto y homicidio, los reclusos no están en este módulo por peligrosos sino por su difícil convivencia con otros reclusos, en síntesis: tienen disputas y deudas que les pueden costar la vida.

Así lo narra Idak Masís, que ingresó a la cárcel a los 18 años; ahora tiene 36, los últimos 10 los ha vivido en Máxima Seguridad.

La reubicación de los privados de libertad tardará meses, serán trasladados a otros centros a convivir con otros reos, la idea es acercarlos a la “normalidad”.

En el sitio donde está “Máxima”, el cual data de 1976, se abrirá un nuevo módulo con talleres para los reos mejor portados.

Sigue el encierro, pero uno diferente, uno más humano, al menos eso dicen los que están del otro lado de las rejas, del lado de la libertad.

Texto por Alonso Mata.

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