El fin de los peces de colores

Crónica por María Montero

Así fue el último día en La Cruz, Guanacaste, de los primeros 180 cubanos que, después de estar varados dos meses, salen de Costa Rica para continuar su viaje a Estados Unidos

La China no es realmente china, sino achinada. Tiene 39 años, es morenita y menuda, de modales increíblemente serenos. Una mujer muy flaca se le acerca y le dice, enseñándole un celular: “Oye, china, discúlpame un momentico, ¿tú puedes ayudarme?”

Quien suele hacer ese tipo de favores, en realidad, es su marido, ingeniero mecánico especializado en aviación, pero él no anda ahorita por ahí. Lo que la mujer quiere es instalar en el teléfono una nueva tarjeta que les ofrece Internet gratis durante medio día.

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Es muy urgente para la mujer, y La China no necesita que se lo digan, porque tanto ella como su marido, incluyendo a la mujer flaca y al resto de los 105 cubanos que están en el albergue de la Estación de Bomberos de La Cruz, en Guanacaste, tienen dos meses de estar esperando que les permitan seguir su viaje hacia Estados Unidos. Lo único que han hecho durante todo ese tiempo, es esperar.

La China coge el aparato con suavidad. Busca las aplicaciones y pulsa algunas teclas. Hecho. ¿Quién le teme a la tecnología? Sobre su colchoneta, listo para zarpar junto a sus pocas pertenencias, está el objeto más preciado de su viaje –mucho más que el pasaporte–, envuelto en papel periódico y luego en plástico: el título universitario que la acredita como ingeniera química especializada en refinación de petróleo.

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En Marianao, un municipio de La Habana, Lázaro tenía una peluquería. En el albergue del Colegio Nocturno de La Cruz, la sigue teniendo. A las 7 de la mañana, por su pupitre ya han pasado un par de amigos que, como él, necesitan acicalarse antes del viaje. Hoy se van algunos cuantos, 90 de 416.

Lázaro les recorta un poco la barba y las patillas, pero por suerte no son trabajos en los que tenga que emplearse a fondo. Para él, la espera terminó. “Ya son dos meses en el mismo albergue… Y en el mismo piso, y en el mismo colchón… Todos los días soy elegguá, el niño que abre los caminos”, dice, acordándose de algo que evidentemente no ha olvidado, ni olvidaría aunque llevara 100 años fuera de Cuba: la religión yoruba.

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Lázaro no es precisamente un infante. Tiene 34 años y viaja solo. De los 180 seleccionados para viajar a El Salvador, a él le tocó el número 126. Es muy temprano aún, ni las 8 de la mañana, pero Lázaro empieza a recibir llamadas, una tras otra. Tiene que irse, aunque su traslado hasta el avión, en el aeropuerto de Liberia es hasta las 6 de la tarde. ¿Qué tiene que hacer hoy con tanta urgencia?, preguntamos. “Despedirme de mis seres queridos”, dice.

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¡Papi, estás oliendo a yuma ya!, le grita un amigo a Duan, otro de los favorecidos con el viaje de prueba que, en principio, los llevará hasta El Salvador, y luego los hará cruzar Guatemala y, finalmente, los dejará en México.

Duan tiene miedo de dar, sin querer, cualquier información que pueda frustrar su salida. No es para menos: está sentado en la calurosa gradería del gimnasio de un colegio guanacasteco donde jamás pensó estar, ni siquiera de paso, mucho menos dos meses. Le pregunto si, durante el tramo que le falta, no teme por su seguridad. “A nosotros ya no nos preocupa la seguridad. La seguridad somos nosotros mismos, que somos dueños de lo que hacemos”, responde su amigo Alberto, que aún no tiene ficha para viajar. “Nuestro propósito es llegar a Estados Unidos”, zanja Duan. “Cómo lleguemos, eso no importa”.

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Iván tiene tres pelos en la barba, 21 años y una mujer embarazada de cuatro meses esperándolo en Nuevo México. Es sacerdote yoruba, o en ese proceso estaba cuando salió de Cuba. La pareja entró junta por Paso Canoas, el 8 de noviembre anterior, pero ahí se quedaron sin dinero, y tuvieron que separarse. Ella se adelantó. Ahora que se va, él espera alcanzarla en Las Vegas, su destino final. “Porque en Las Vegas hay más expectativa de vida, más ayuda”, explica Iván, sin esperar la pregunta. “Miami está saturada. El alcalde no quiere más cubanos allá”.

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Michel y Arnobis se conocieron en Trinidad y Tobago, un par de días antes de viajar a Venezuela, en donde rápidamente se enrolaron en la ruta Colombia-Panamá-Costa Rica. “¡Nos quedamos varados en el país más caro de Centroamérica!”, dicen, entre carcajadas que hoy, precisamente, parecen de alivio.

Michel acaba de cumplir 40 y Arnobis, 39. Se hicieron socios durante el trayecto, y ahora piensan llegar juntos a Miami. “De momento, el plan es llegar. Trabajar. Empezar en lo que sea. Lo que nos falta es trabajo. Mucho trabajo”, asegura Arnobis, curtido y de ojos verdes, originario de Matanzas, quien, hasta su último día en Cuba, trabajó en una flota pesquera.

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“Llevamos dos meses aquí, mirando los celajes”, dice Michel, con dureza. “No tener nada qué hacer es estresante. Es increíble. No sé cómo puede haber vagos en la vida”.

A Michel no le iba mal en Trinidad y Tobago. Es enfermero, fisioterapeuta, políglota. Ganaba $23 la hora en una clínica, pero estaba ilegal, una palabra que lo aterroriza. Así estuvo seis meses, arriesgándose a que lo deportaran. “¿Hasta cuándo me iba a durar la suerte?”, se pregunta.

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Estamos en un pasillo del Liceo Bilingüe de La Cruz, frente al aula número 7, donde hay una tortuga mediana metida en un balde plástico. Todos opinan que haberla encontrado fue una buena señal, y ni se diga echarse un poquito de agua de tortuga.

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Un coro se forma alrededor de los viajeros. El tema a tratar: la deportación. Todos hablan al mismo tiempo, exaltados. “Virando pa Cuba, nosotros somos terroristas. ¡Terroristas! El que salga de aquí pa’trás, no tiene vida. ¡Más nunca es persona! Frito y puesto al sol. Oye lo que te digo: Frito y puesto al sol”.

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La China extiende sus títulos con muchísima delicadeza , mientras sus dedos desenvuelven algo más grande que el simple milagro de la educación superior. Con ese papelito –por ese papelito–, La China recorrió los 2.700 kilómetros que separan a Cuba de Ecuador, y luego viajó 1.200 más, borrando la distancia que hay entre Ecuador y Costa Rica.

Hoy se va, finalmente, 66 días después de su llegada. De su albergue solo se van siete personas. No está ni a la mitad de su viaje, pero la franqueza la ayuda a resumir. “La espera es agobiante, y no es que nos traten mal, sino que cada día que pasa aquí, es un día menos que veo a mi niño… Y los coyotes tentándote alrededor. Por suerte ya no teníamos dinero como para dejarnos tentar”.

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Ella opina que la historia de los que se quedan es muy similar a la de los que se van, y por eso asegura que no creerá nada hasta que esté montada en el avión, y aún así tampoco creerá nada hasta que no despegue, y aún después, tendrá que bajarse en El Salvador para, tal vez, empezar a creer que sí, que finalmente salió de Costa Rica.

“El trabajo que uno pasa aquí es tener paciencia. Nuestra primera preocupación era que nos deportaran. Por lo demás, imagínate. Días con más depresión, días con menos. Y los ticos que no se podían portar mejor. Si les pedíamos peces de colores, nos traían peces de colores”.

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