Los 400 gritos

Texto: María Montero

El primer día de clases parece una fiesta, pero en el ejército. Con espíritu festivo y normas inflexibles, centenares de escolares resucitaron esta mañana las aulas de la escuela de Guachipelín de Escazú

Unas 300 mil veces seguidas la niña Ivannia escucha las mismas preguntas, que en la mayoría de los casos no son realmente preguntas, sino oraciones circunstanciales. “Ya me terminé el helado”. “Yo también tengo un libro en mi casa”. “No tengo lápiz”.

En el 1-1 hay 30 niños: 13 mujeres y 17 hombres, todos analfabetas.

Algunos quizá practicaron durante las vacaciones, porque su nombre es perfectamente legible en una esquina de la hoja que la maestra les dio hace un momento, para que dibujaran lo que más les gusta. La inocencia de otros raya en la ignorancia.

–Maestra, ¿lo de arriba es lo que hay que dibujar?

–Ese es tu nombre.

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 Todos tienen entre 6 y 7 años y, de alguna manera, están acostumbrados a la doctrina escolar. Prácticamente ninguno se salvó del kínder, en esas mismas instalaciones, así que –a diferencia de los alcaldes– pueden alegar incapacidad, pero no inexperiencia.“Esta primera semana es de diagnóstico”, explica la niña Ivannia. “Al final de primer grado, prácticamente todos salen leyendo, aunque no necesariamente escribiendo. Antes de escribir, aprenden a escuchar”.

A las 7 de la mañana, después de que cientos de familias protagonizaran lo más parecido a la despedida de El Titanic en los portones de la escuela, los niños del 1-1 se embarcaron en un minucioso recorrido por las instalaciones –dónde está el baño; dónde la cocina–, antes de regresar a la clase a recibir una versión abreviada del Contrato Social, de Rousseau, enmascarado en juegos y canciones.

“Yo no lo llamo ‘reglas de la clase’”, explica la niña Ivannia. “Se trata de recordar las cosas que debemos hacer aquí, cómo saludar, cómo dar las gracias, prestar atención… Es un refuerzo de los buenos modales”.

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Derek está dibujando una jirafa, pero su compañero de al lado no está interesado en la animalística africana, sino en el documental, dándole los últimos toques a un carro ponchado. Los otros dos niños de la mesa avanzan, medianamente concentrados, en la creación de un oso y un Frankenstein.

“Ellos se sientan solos”, explica la niña Ivannia. “Eligen donde sentarse porque es mi estrategia para saber cuáles son los compinches”.

En todas las mesas hay una epidemia de flora y fauna. En una misma hoja hay como doscientos millones de mariposas. En otra, dos aves, dos montañas, una bandera. En las hojas en blanco brotan nubes, árboles, helados, familias, flores, motos, casitas, paisajes, soles. Muchas familias parecen paisajes y muchos árboles parecen helados.

Conforme avanza la mañana, y a pesar de los protocolos, la creatividad toca fondo.

Es la edad en que los varones no temen dibujar flores llenas de pétalos y enormes abrazos multicolores, y en la que las niñas tampoco se intimidan, ni para celebrarlo ni para dibujar el sol más explosivo.

Después de un rato de ardua diversión, la jirafa de Derek tiene un copete de colores y en vez de rayas, bolas. El follaje del árbol de Jimena es una llamarada fucsia, lleno de fuegos energéticos, y la mamá de Rocío lleva un cono en la mano mientras luce una enagua larguísima, cubierta por un gran arcoíris.

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Un timbre lejano anuncia el segundo recreo del día. Antes de dejarlos salir, la maestra vuelve a explicar los procedimientos. Los que quieran quedarse a terminar el dibujo, pueden hacerlo. La mayoría sale. Algunos piden permiso para respirar, otros regresan a las oraciones circunstanciales.

Niña, ya fui al baño, ¿puedo salir al recreo?

Niña, ¿dónde está Jocelyn?

Niña, se me cayó un arete.

En el aula los niños son niños, pero en el patio son mayoría. La alegría con que tosen, la soltura con que arrastran los pies, la gentileza con que sudan, la ceremonia con que gritan. A los cinco minutos de recreo, todos los gafetes cuelgan del lado equivocado.

Algunos se abrazan de tres en tres, indiferentes a la dificultad, como un pequeño batallón de ebrios engominados.

Otros, simplemente no: no les da la gana socializar o no les gusta o no lo necesitan. Deambulan solos, si es que avanzan cinco metros más allá de la puerta de la clase.

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Al regreso, sobre el escritorio de la maestra se forma una pila de dibujos. Los niños vuelven a merendar, toman agua, van al baño y escuchan un cuento. Con 29 niños en un mismo grupo, cualquier asunto es un trámite burocrático. Si hay que repartir algo, hay que hacerlo 29 veces. Si hay que recoger, lo mismo.

Llega el momento de irse. Dejan el gafete en la gaveta, salen de la clase en fila y suben la silla al pupitre, indica la maestra. Los espera en la puerta y, antes de salir, les reparte una bolsita oscura. Luego rezan. Una oración de despedida, los anima. Los niños salen de uno en uno. Orden. Obediencia. Silencio. Chocolates. Amén.

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